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viernes, 30 de marzo de 2012

De la gruta

   Las casas de Amanda y Dafne quedaban a una distancia de aproximadamente veinte metros, la una de la otra. Eran las únicas dos casa de la playa y las habían conseguido a buen precio porque no mucha gente estaba dispuesta a lidiar con el clima y las mareas del helado mar del sur. Todas las mañanas desayunaban juntas, y todas las tardes, exactamente media hora antes del atardecer se reunían en la orilla. No eran de muchas palabras. Coordinaban los relojes y cada una salía por su lado.
   Amanda tenía dos grandes miedos, morir aplastada contra una roca, por un lado, y la oscuridad impenetrable de las grutas, por el otro. A Dafne le causaba un pánico profundo el mar de noche, cuando después de la llegada de la noche transformaba su coloridas y graciosas olas en una gigante masa negra sin ley. Aún considerando esto, quizá en un acto de masoquismo, o buscando una dosis diaria de adrenalina, ambas salían, media hora antes del atardecer, a ponerse cara a cara con sus miedos.
   Los primeros minutos eran los más fáciles. Amanda caminaba por la costa hacia el Este, y a medida que avanzaba trotando tranquilamente las piedras se transformaban en acantilado, y unas ligeras líneas que parecían hechas por mano humana rítmicamente se transformaban en las cuevas, cada vez más profundas y oscuras. Dafne, por su lado, metía los pies en el agua y caminaba hasta que esta le llegaba a la cintura. Desde ese punto, nadaba en línea recta sin descansar, viendo por momentos con el rabillo del ojo a su amiga en la distancia, allá lejos a su izquierda.
   Pasados quince minutos, cuando se encontraban a una distancia considerable del punto de partida, las alarmas de los relojes de ambas sonaban, marcando el inicio de la carrera personal de cada una contra el atardecer. El sol a esa hora, ya besando el horizonte, amenazaba con dejarlas en la oscuridad en cualquier momento. Era el momento de emprender la vuelta. La marea comenzaba a subir, dejando a Amanda en un pasillo cada vez más estrecho, mojando de vez en cuando sus zapatillas a medida que trotaba cada vez más rápido, con la mirada fija en la playa a varios cientos de metros. Dafne ya había pegado la vuelta, y respiraba agitadamente entre las olas heladas cuando sacaba la cabeza para respirar.
    Así sucedía todas las tardes.
   Se encontraban en la orilla, agitadas, agotadas, mientras el Sol opulento terminaba de desaparecer como avergonzado de su derrota.

   Un día Amanda no llegó. Algo hizo que se retrasara. Cuando estaba ya volviendo sobre sus huellas, aumentando la velocidad con el atardecer en los ojos, algo la hizo detenerse y llamar su atención dentro de una gruta a su derecha. Ella nunca entraba, por supuesto... Había algo macabro en esa oscuridad. Algunas gotas cayendo, percudiendo una marcha fúnebre sobre la piedra. Sin embargo, algo se oía, o parecía verse. Una respiración arrítmica, un destello de piel blanca, un olor putrefacto.
   Las zapatillas de correr, junto con Amanda en su totalidad, llegaron a la playa unos cinco minutos después del atardecer, empapadas. La muchacha no quiso dar explicaciones. Enfiló directamente a su casa, sola, y diez minutos después apagó todas las luces. Dafne pudo suponer, acertadamente, que algo fuera de lo común había sucedido.

   En la cama, con los ojos cerrados, Amanda pudo volver a sentir el olor putrefacto que había sentido en la gruta. No oía las pisadas, o algo inusual entre los ruidos que se colaban por la ventana abierta, pero sabía que la criatura se acercaba. Pudo sentir cuando estuvo dentro de la habitación, y sin embargo no podía abrir los ojos. Se encontraba petrificada, como una momia, apenas respirando. La criatura curioseaba, olfateaba las pertenencias de la muchacha sin preocuparse por que ésta notara su presencia. Veía a Amanda en la cama, con los ojos cerrados y su miedo le causaba algo de repugnancia, la enfurecía. Acercó una de sus largas uñas a la cara de la chica, y la apoyó suavemente en lo alto de su frente. Una minúscula gota de sangre brotó del punto, y se transformó en una roja línea a medida que la criatura fue descendiendo con su garra a lo largo de la cara de Amanda. Lentamente marcó su rostro, pasando entre las cejas, por la nariz, cortando los labios, y deteniéndose en el cuello.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Federica

Federica era una mujer solitaria. Su único apodo se lo había puesto ella misma, y era la única que lo conocía: "Freddy". Por supuesto, nadie estaba ahí para decirle que Freddy era un apodo de hombre, excepto quizá por la cantante de Queen.
Freddy vivía sola, comía sola, trabajaba cuatro horas por día en el Ministerio de Educación de calle trece, aunque la verdad es que ella de educación mucho no sabía. A veces le hacían transcribir cosas, y con lo lentos que eran sus regordetes dedos, podía llegar a tardar toda la jornada laboral en copiar una sola carilla. A esto se sumaban las pausas para el mate, o para comprarle bijouterie a la chica morochita que venía. Ella no iba a fumar con el resto. Para empezar, porque no fumaba. El humo le daba tos. Segundo, porque se sentía muy incómoda con sus compañeras de trabajo, todas tan despechugadas (y eso que algunas rozaban los cincuenta) y extrovertidas. Federica, en definitiva, estaba sola. Por eso ese viernes a la noche no notó nada raro. La tele estaba apagada, ella tejía sentada en el silloncito de mimbre. Las revistas que tenía al lado mostraban los últimos diseños en saquitos de lana para bebés y otros en los que aparecían las fotos de unas chicas treintañeras que tenían cara de no haber tocado en su vida una aguja número cinco.
Lo único que podría haberle dado un indicio a nuestra amiga, exactamente a las nueve de la noche con cuatro minutos, de que algo raro pasaba, era aquel grillito que tanto "creek creek creek" había hecho, que de pronto callaba.
A unas cinco cuadras, una mujer en pleno orgasmo se cayó de la cama, tirando consigo a su amante al darse cuenta que sus cuerdas vocales, sin aviso ni razón, estaban completamente mudas. Una vaca en la granja de los Castelli intentaba mugir desesperada, sin ningún éxito. Miles de conversaciones se detenían de repente. Un gol efectuado por el valioso número nueve de Vélez al desprevenido arquero de Rosario Central (cuya distracción era justificable, ya que creía haber perdido la audición) nunca fue festejado por su tribuna, cuando todos a la vez intentaron gritarlo a puro pulmón, y de sus bocas sólo salió aire, aire vacío, sin ninguna onda de sonido, ni un do ni un re sostenido.
Federica se preparaba para dormir. Colocó su robusto cuerpo en su camita de una plaza, pintorescamente cubierta por el edredón que ella misma había tejido. Lamentablemente, nadie más lo había podido apreciar. Esa noche, entre las sábanas, nuestra Freddy soñó un sueño mudo (pero con unos cuantos colores) que a la mañana no recordaría.
La mayor parte de la gente, en cambio, no durmió. En los noticieros, con carteles improvisados en la pantalla, informaban sobre sólo un tema, y las medidas que se estaban tomando. Unos cuantos estudiosos, al parecer, desde médicos neurólogos hasta sociólogos de París, se habían reunido en la Universidad de esta ciudad, para intentar sacar conclusiones. Un chat grupal fue lo más apropiado, y ahí fue cuando todos se dieron cuenta que el Dr. Hertzfeld tenía faltas de ortografía. Esa fue la única conclusión que se pudo sacar, porque respecto al repentino enmudecimiento (¿o sordera?) de la humanidad, no había ninguna pista.
Las cosas no hacían más ruido, la gente ya no hablaba, los pájaros no piaban, los perros no ladraban, y todas las cosas que tenían que hacer "toing" y "ping" no hacían ni "toing" ni "ping".
El fin de semana pasó tranquilo en lo de Federica. El sábado tempranito hizo pan casero, para comer con mermelada que le había mandado su hermana de Córdoba. Ella no estaba muy bien del oído, a su edad (Freddy podía llegar a los sesenta años de un día para el otro), por eso no le llamó demasiado la atención que el cuchillo no hiciera mucho escándalo cuando cayó al piso. Aunque era cierto que todo estaba muy silencioso. Para colmo, descubrió que el sonido de la tele se había roto, cuando la prendió para ver la novela al mediodía.
Las multitudes en las ciudades enloquecían, hablaban -o mejor dicho, escribían y hacían señas- sobre el fin del mundo. Otros no estaban tan preocupados. Los chinos en toda la ciudad abrieron los supermercados. Fue por costumbre, en gran medida, y porque si mucha gente creía que venía el fin del mundo, iban a tener que comprar provisiones en algún lugar. Hubo gente que ese domingo leyó, cortó el pasto, y hasta fue a pasear al parque Pereyra Iraola.
Freddy cocinó sus famosos buñuelos, y se los comió sola tomando mates, viendo una película subtitulada con Richard Gere (¡qué churro!) y Julia Roberts.
Tampoco tuvo sospechas el lunes cuando fue a trabajar y sólo tres personas habían ido a la oficina. La que estaba más cerca suyo era Olga, que estaba sentada, casi acurrucada en su silla, sin decir una palabra. En un momento nuestra protagonista casi se anima a acercarse a charlar, pero no quiso ponerse en una situación incómoda, o exponerse a las burlas de su compañera, por lo que se quedó trabajando sin hablar con nadie.
Así pasaron los días, la gente se acostumbró a la falta de sonido y volvió a la rutina, adaptándose como más podían. Clases públicas de lenguaje de señas fueron la medida oficial tomada por el gobierno. La explicación científica fue vaga e inexacta. Nadie la entendió, por supuesto, porque en realidad nadie había podido elaborar una teoría real al respecto. La versión general, un poco fantástica pero quizá la más acertada, fue que los sonidos se habían ido acabando, hasta que un día no quedó ninguno. El rock, el tango, el molesto o dulce timbre de una voz, los llantos de un bebé recién nacido, un maullido a las tres de la mañana, quizá serían cosas para contarles a los nietos.
Freddy nunca se enteró. Murió una semana después sola, sobre su edredón tejido. Después de todo la soledad y los problemas cardíacos no son una buena combinación. Ella nunca se dio cuenta. Nada había cambiado en su mundo, de todas formas nadie iba a volver a pronunciar su nombre.










domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuentos de Julia

LA PROTESTA DEL CEPILLO

Una vez, un cepillo de dientes que tenía color rosa y caminaba. Un día se encontró con dos desodorantes y les dijo a los desodorantes "¿Qué hacen en la facultad?" y el cepillo dijo que era su escuela, y era mentira lo que decían. Pero ellos dijeron que mire para arriba que estaba la facultad en realidad, y el cepillo se fue corriendo para que ellos no le digan nada más, y se fue corriendo a su escuela. Cuando fue a la escuela todos le dijeron "Sorpresa" porque era su cumpleaños, cumplía dieciocho años. La señorita era un perfume. La señorita le dijo que esa no era su escuela. Los chicos tenían verdad y ella dijo que estaba loco... Y él le dijo que no era loco y empezaron a pelearse uno al otro. Se fue a su casa protestando y sus papás les dijeron si tuvo un buen día, pero él les dijo que tenía el peor día de su vida porque lo pelearon la señorita y los papás dijeron "¿Por qué?" y él les explicó todo. Y después les dijeron los papás que no tiene que protestar más, que tiene que ser rudo y golpearles, y nada más. Y se fue feliz a la cama para mañana tener un buen día y golpearle y empezar a protestar todo lo de antes y golpearle todo el tiempo, hasta que ella le pida disculpas. Y después cunado volvió a su casa siguió hablando con sus papás y se fue a la cama y la mamá le dijo que también le puede hacer mentiras a la señorita para que ella se lo crea y se golpia. Y fue feliz a su cama para tener muchos días felices golpeando y diciendo bromas.

FIN.

Julia L.A.

LA VENGANZA DEL ESCARBADIENTES

Había una vez un escarbadientes que era más pobre que una papa. que se divertía pinchando los pies de las personas que caminaban por la calle. Un día, vino su amigo el cepillo, y el amigo cepillo le dijo si quería ir a cantar a un lugar que había música de rock. El escarbadientes le dijo que le gustaba la música de chicas, no de rock and roll, y el cepillo se rió tanto hasta que le dijo a sus papás. Y entonces el escarbadientes se enojó y empezaron a protestar y el cepillo le dijo que era de gracia, pero era mentira, no era nada de gracia. Y el escarbadientes le dijo que estuvo más furioso que una papilla de bebés. Y el cepillo se enojó tanto hasta que le pegó una piña. Y entonces el escarbadientes lo pinchó todo hasta que le pida disculpas, y al cepillo le quedaron moretones en la espaldita y en la panza, y el cepillo lo cepilló todo hasta que quede muy limpio y se mate. Quedó súper limpio hasta que se le rompió la punta de atrás, y no tuvo más culito para ir al inodoro. Y después se enojó tanto hasta que lo ensució todo con barro, porque estaban afuera. Después se perdonaron, y se hicieron amigos, y fueron a ese lugar de rock and roll, y después fueron a escuchar música de conejitos, que al escarbadientes le gustaba.

FIN

Julia y Yo.

LA VENGANZA DEL CASTILLO EMBRUJADO Y LA VENGANZA DEL CASTILLO FELIZ

Había una vez un castillo embrujado y el castillo feliz. Que un día se quisieron visitar y en silencio se empezaron a despertar cada uno al otro, y las personas que vivían ahí, cuando esperaron los castillos que se fueran, se fueron las personas y empezaron a visitarse.
Empieza en un rato la pelea.
El castillo embrujado tenía color violeta, y el castillo feliz tenía color rosa, y el castillo feliz no le gustaba el color que tenía el castillo embrujado, porque lo tenía violeta MUY MUY oscuro, y tenía paredes rotas que no le gustó, y al castillo embrujado no le gustó el color que tenía el castillo feliz, porque tenía color rosa y no tenía nada roto. La puerta estaba preciosa con color dorado y la de él estaba toda negra. Y entonces se protestaron por la bandera y por su color, porque la bandera del castillo feliz tenía muchas, y el castillo embrujado tenía una sola, rota. Y entonces empezaron a protestar por el color, por las banderas, por la puerta, y emp.... y el castillo embrujado empezó a protestar diciendo "Ey, ¿querés cambiar de cerebro de castillo y querés ser más aburrido, y yo más feliz?" Y el castillo feliz dijo "No, nada de eso, vos lo querés hacer para tener una puerta dorada, colores lindos, miles de banderas, y muchas cosas que tenga adentro, brillantes, por eso estamos protestando, y por eso vos querés cambiar de color." Y el castillo feliz dijo otra vez "¿No querés amigarte un ratito? Le decís a tu dueño si te pinta de otro color para que quedes igual a mí, y seremos amigos por siempre porque tenemos los mismos colores".

FIN.


Julia y Yo.




EL GATITO CHINO Y SU DUEÑA CHINA



Había una vez un gatito chino que era pobre. Un día lo encontró una señora cuando estaba en Carrefour, y entonces encontró el gatito, y como era tan lindo lo quiso adoptar al gatito la señora.
El gatito la miró feliz a la señora y le dijo "Miau, miau, miau", como si quisiera decir que tenía mucha hambre y no tenía comida. Y la señora quiso... le dijo al gatito que tenía mucha comida de gato, porque estuvo esperando en su año tener un gatito.
Y lo llevó a su casa la señora, y la señora tuvo una hija y el gatito también y entonces vivieron felices con el gatito chiquito y con la hijita grande, y vivieron felices ¡pa-ra siempre!

jueves, 10 de noviembre de 2011

Nubecitas de Colores

    Cuando era pequeñita pensaba que lo que había en el cerebro (no en el físico, sino en el de las ideas) eran distintas nubecitas de colores que eran las ideas... a veces eran como manchas, a veces los colores se mezclaban. Sólo aparecían momentáneamente y eran reemplazadas por otras, aunque un tiempo después aparecían. No era algo que me imaginaba. Cuando quería ver adentro de mi cerebro, sencillamente ponía la mente en blanco, e inmediatamente el lienzo empezaba a pintarse con manchas. No le prestaba atención al contenido de esas ideas para ver las formas y los colores...
    De todas formas, requería mucha concentración y alguna de las ideas terminaba distrayéndome.

    Hoy estoy convencida de que mi teoría era cierta.
    Aunque para poner el cerebro en blanco tendría que escarbar en veinte centímetros de fotocopias, cuadros, charlas inconexas, dibujos, pelusas y mocos.


    Nada que no se pueda solucionar con un verano de vaciamiento intelectual.




domingo, 23 de octubre de 2011

Falsa Alarma Sobre Broadway

Presentía que algo andaba mal. Escuché un ruido en el piso de arriba y subí las escaleras corriendo... volando, de hecho. Y me lo encontré ahí tirado, boca arriba, con los ojos abiertos debajo de esos graciosos anteojos.
-¡Laputamadre! Se murió... Se murió Woody Allen.
Mi primera reacción fue el shock por el talento perdido, por supuesto, el fin de la vida de un ser tan talentoso y a quien yo tanto admiraba, pero sobretodo la culpabilidad de que se hubiera muerto justo el día que yo empezaba mi trabajo cuidándolo.
A continuación un pensamiento emergió en mi mente como un pescado muerto saliendo a flote en la pecera. Los periodistas, los paparazzis, las cámaras de fotos encuadrando al cuerpo muerto de uno de los más grandes cómicos del siglo. Sería una pena que los parientes y amigos de Woody se enteraran fríamente por una imagen televisiva o durante la lectura matutina del diario.
Pero, ¿cómo podía hacer para avisarles? Nadie me había dejado ningún número de teléfono o dirección. Ni siquiera un nombre.
Me arrodillé al lado del cuerpo y empecé a revisarle los bolsillos, ¡una libreta! Pero dentro sólo tenía chistes a medio realizar, los cuales, debo confesar, no eran de lo más graciosos. Bajé las escaleras corriendo para buscar la guía telefónica. Debía avisarle a Annie Hall antes de que se enteraran los periodistas.
Cuando estaba profundamente sumida en las páginas de guía telefónica que no contenía ningún apellido que comenzara en H, porque resulta que a pesar de que esa letra es ampliamente utilizada en los Estados Unidos, debido a su carencia de sonido en las hablas latinas no es oficial, y por lo tanto los burócratas telefónicos no permitían su aparición en la guía, resultando así nombres como Ouston en lugar de Houston.
De pronto me di cuenta que bajaban ruidos por la escalera, como de un hombre mayor reviviendo y poniéndose de pie. Efectivamente allí estaba. Falsa alarma.
-¡¿A vos te parece?! -le dije- ¡Morirte así de repente sin haberme dejado ningún número de teléfono para avisar! Ya te sentás en esa silla y me anotás todos los que te sepas... ¡empezando por el de Annie Hall!


Y después me desperté.

sábado, 22 de octubre de 2011

El Secreto Mejor Guardado

A quien encuentre esta nota...
Amigo mío, debo informarle que he descubierto algo, algo que puede cambiar la manera de ver nuestra civilización, algo que podría generar tanto revoluciones como indignación masiva.
Lo que ha descubierto su humilde servidor es nada más ni nada menos que el secreto mejor guardado de los estados occidentales e involucra a todos los altos cargos de sus gobiernos... especialmente sus ministerios de educación... y usted ya sabrá por qué.
El método ya es centenario, surgió en Inglaterra al rededor del año 1870, cuando un grupo de educadores de raíz empirista descubrieron, observando a un grupo de estudiantes de medicina residentes de la Universidad de Oxford, cómo mejoraban las condiciones higiénicas y el orden y comportamiento de los mismos en la cercanía a una actividad que involucrara una demostración de desempeño. Así idearon un sistema de examinación regular, cuyo objetivo explícito era, en verdad, una fachada. Lo que verdaderamente se buscaba era ese automático rechazo a la preparación y al estudio, y su consecuente exceso de actividad en otras áreas. Los alumnos, con tal de no sentarse frente a los libros, ordenaban sus habitaciones, limpiaban su ropa y tenían las ideas más creativas (entre las cuales cabe destacar el invento del "cubo rubik", precisamente por el alumno Juan Rubik).
Lo que sigue todos lo sabemos, el método se generalizó, se estandarizó, y hoy es práctica corriente. Según los archivos a los que he logrado acceder por mero actuar del destino, he llegado a saber que un 70% de los avances en tecnología se debe a estudiantes (sobre todo universitarios o de posgrado), intentando evitar lo más posible el estudio. El método es perfecto, el sujeto siente demasiada culpa como para quedarse con las manos vacías sin hacer nada, pero lo suficientemente hastiado como para efectivamente hacer "lo que debería", por lo que se sumerge en ridículas actividades consumidoras de energía que -también según los estudios- sirven por sobre todo en el mantenimiento de la higiene pública, el orden social, y para el incentivo a los avances. Dentro de las actividades realizadas más frecuentemente, se encuentran las producciones pictóricas, escultóricas (sobre todo realizadas con elementos de escritorio, ej: clips) y producción de textos de ficción en soportes como blogs de la web.
Siendo tan grande el secreto que he descubierto, he de comunicártelo, ya que los que lo celan me buscan, y han de encontrarme muy prontamente.
Te deseo suerte, desconocido compañero.
Sé cauto con esta información.

Señor X.

sábado, 10 de septiembre de 2011

OKAPI

Anoche me visitó un okapi en sueños, pero no era esta tierna criaturita que aparece en la foto. El okapi que soñé, por lo tanto el VERDADERO okapi era ni más ni menos que una suculenta hamburguesa gelatinosa de alternados colores fucsia y blanco. Por supuesto, contaba con una doble hilera de filosos dientes porque era una MÁQUINA-DE-DEVORAR. Y ni hablar, como ya habrán supuesto, de que entre sus magníficas habilidades, estaba la capacidad de transformarse en ciervo, o en tortuga de mar, para distraer a sus presas, e incluso volverse invisible. El okapi flotaba más o menos a un metro y medio de altura, y volaba considerablemente rápido. Aún así no nos alcanzó cuando corrimos por todos los techos de la cuadra hasta llegar al JARDÍN-DE-INFANTES-EN-LA-TERRAZA, donde la Seño Vicky y la Seño Cristina nos ayudaron a escondernos según el "Manual de Emergencias y Ataques de Osos y Otras Criaturas Aviolentadas" (cuando el señor del Ministerio de Seguridad tuvo que escribir el manual, haciendo caso de las múltiples cartas de la Asociación de Defensa de los Animales, decidió escribir "aviolentadas" en lugar de "violentas" por que se considera pedante y una violación a los derechos del animal el encasillar la personalidad de las bestias sanguinolentas de esa manera).

La duda que me queda es si el okapi se volvió invisible para comernos a nosotros, o a algún pibe desafortunado que hacía sólo minutos disfrutaba de la "hoda dela medienda" con sus compañeritos. Quizá simplemente se fue a hacer las suyas a otro lado. Habría que agarrar a mi inconsciente y cagarlo a trompadas hasta que confiese.

jueves, 8 de septiembre de 2011






Me duele la muela de juicio
En mi encía hay una cueva
La carne se corta y me hiere
una muela justiciera

lunes, 15 de agosto de 2011

Siempre hay una aguja para un descosido


Cuatro paredes blancas. No era mucho, pero era lo que podían pagar con lo que ganaban un carpintero y una costurera. Parece una combinación de otro siglo. Ahora los jóvenes se dedican a la administración, las humanísticas, la informática, pero ellos no. A ella le enseñó a coser su abuela Lucy, con una Singer de esas a pedal. Pero no un pedal con cable y electricidad como los de ahora. Estoy hablando del pedal que te hacía sacar más músculo en las pantorrillas que una jugadora de "las leonas".
Él tenía un taller con su viejo en la esquina. Las máquinas para cortar la madera, las latas de barniz, todo llenaba el ambiente de ese aroma tan especial. Y de repente, se encontraron con cuatro paredes vacías. Casa, le tenían que empezar a decir a ese lugar, ese lugar tan blanco, tan distinto a todos los ambientes y espacios que habían estado llenando con su trabajo desde tan chiquitos. No tenían ni un mueble, ni una cortina, ni repasadores, ni sillas ni escritorios. Y así como llegaron se pusieron a medir, a calcular, a cortar, a pegar, cada uno en su materia. Él hizo las sillas, ella las tapizó. Ella hizo las cortinas, él hizo la barra para colgarlas, y la amuró en la pared. Los sillones nuevos de madera blanca de pino se cubrieron con almohadones de cuerina del mismo color. "Acá haría falta un revistero". "Yo lo hago, con las maderitas que me sobraron". "No, dejá que hago uno con tela y lo colgamos en la pared". "¿Apoya-vasos?". "Dejámelo a mí". Lo que no se hacía con madera, se resolvía con tela. O los materiales se complementaban el uno con el otro, generando un espacio tan blanco y medido que la luz rebotaba en cada aprovechado rincón, haciendo que pareciera de día las veinticuatro horas. Manteles blancos en la mesa blanca. Sábanas blancas en la cama blanca. Todo encajaba perfecto. Nada de medidas comerciales, patrones ni estándares, el centímetro y la cinta métrica eran la regla. A veces entraban en desacuerdos, como el día en el que decidieron hacer un ajedrez, y terminaron concordando que ella haría el tablero y él las piezas; o hermosos encuentros como cuando él le armó una cajita de pino para sus carretes, agujas y alfileres y ella le cosió un cinturón para colgar las herramientas.

El día que se les complicó fue cuando quisieron hacer un calefón en vez de comprarse uno. Trágico final.

lunes, 18 de julio de 2011

Neutronia




En Neutronia todos dicen barriga, maleta, refrigerador, ordenador, cometa.

En Neutronia todos queremos trabajar en equipo y usar nuestras Mouse-herramientas, o sacar objetos de nuestra gorra, cantar una canción para solucionar la situación, aprender valores de amor, amistad y familia, y jugar juntos hasta que venga la propaganda.

Según mi mamá todos los niños se van a ir a vivir a Neutronia. ¿Qué importa? Por lo menos ya saben el idioma.

La Diferencia entre el Gol y el Golazo


Ok, vamos a hacer una pequeña definición.

Hay un deporte detrás del fútbol, hay toda una serie de reglas y convenciones que, si bien, no están escritas, valen y son conocidas incluso más que aquellas que forman parte del reglamento. Distintos términos innegablemente universales las materializan: un "pechofrío" o "muerto", uno que sin duda "se tiró", etc. No voy a seguir porque ahí se acaba mi lista de ideas.

Lo que vamos a analizar hoy es el concepto indiscutible del "Golazo".

Yo era chica cuando le pregunté a mi abuelo por qué había dicho que ese gol era un "golazo" y él no me dio otra explicación que "...Porque mirá la repetición. No fue un gol, fue un golazo". A partir de ese momento, la diferencia fue indiscutible para mí. Los jugadores de basquet meten un doble, un triple. Lo mismo que no es lo mismo que un futbolista meta un gol que un Golazo.

El término, por otro lado, es universal. Nadie dice que fue un "re-gol", un "súper-gol" o un "gol muy bueno". Un golazo es un golazo, no hay con qué darle.

Además, si a cien personas les ponemos adelante distintas repeticiones de goles a través de la historia, estoy seguramente que la noción de "golazo" va a coincidir en un 99 % de los casos.

¿Qué conlleva meter un golazo? Puede ser que no sume puntos, pero sin duda suma respeto. Y el autor (o el que lo "convierte", término que jamás tendrá explicación para mí, ¿lo convierte en qué?) va a dar cada pisada sobre el césped ese día, sabiendo que hizo un golazo, y que no es lo mismo que nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

Veo Veo, ¿Qué Ves?, ¡Casualidad!



Suerte que la vieja te compró esa caperuza. Aunque te parezcas al del Assasin's Creed, es calentita y permite que los primos de algún amigo no te reconozcan en el micro, permitiendo que juegues a ser Dios Omnisciente un ratito.


¡DAME MI FANTAAAA! Gritó Rosca cuando empecé a subirme al micro. Abrí la bolsa de las compras y se la tiré por entremedio de la multitud que me arrastraba a la máquina de las monedas. Los cierres abriéndose de los monederos, o botones en algunos casos. Las miradas superadas de aquellos con tarjetas. Y una nena haciéndose la canchera pidiendo un escolar y refregándole a todo el mundo cómo sólo metía una monedita para su boleto. Había un asiento vacío. ¡Vamos todavía! Si alguna vieja moribunda o una embarazada o una "mami" con bebé se me llega a parar al lado para que le de el asiento, sea quien sea, la tiro del micro en movimiento antes de que pueda decir "pisingallo".
Me tocó mi asiento favorito, el del fondo, al lado de la puerta. Desde ahí podés ver a todos. El pelado que la mira a la flaca. Un pendejo que se la quiere apoyar a su amiga en cada loma de burro. Y una rubia careta que se hace la dormida cada vez que alguien le pasa por al lado, pero yo la veo abrir los ojos. No sabés lo boluda que parecés en este momento.
Al lado de la máquina de monedas, allá adelante, un chico con unas cejas tan grandes que se le unen en el medio de la cara como un toldo de peluche. Yo lo conozco. Es el primo de la Rosca. Yo me acuerdo que vive en Tolosa, para donde está yendo este micro, así que tendría sentido que fuera él, yendo para su casa. Es más, es raro que nunca antes lo haya visto. ¿Qué? ¿No se toma micros? ¿Se le rompió el auto? ¿Salió más tarde de clase? ¿Por qué nunca lo vi acá si me tomo este micro quichicientas veces por día todos los días? Debería ir a preguntarle qué carajo hace acá, acaparando lugar en el transporte público de repente ahora cuando se le da la gana, ¿por qué no antes?
Para el micro y sube otro cejudo, esa ceja es imposible no reconocerla. ESPERÁ. Algo está mal. El otro primo de la Rosca está subiendo al mismo micro. ¡ESTO ES UNA FALTA DE RESPETO! Nunca jamás había visto a ninguno de los dos y ahora se les ocurre subir al mismo tiempo al mismo micro donde estoy yo. Que alguien me explique cómo funciona esto.
Pero pará. No se saludaron, por ahí alguno de ellos no es primo de la Rosca y me estoy confundiendo. Por ahí ninguno de los dos es primo de la Rosca. Por ahí, de hecho, la Rosca no tiene primos. Pero, ¿puede ser? ¿Puede ser que efectivamente sean hermanos, en el mismo micro, yendo para el mismo lugar, y no se hayan saludado? Evidentemente no se vieron.
El mayor, el que acaba de entrar, sigue sacando monedas y poniéndolas en la máquina. El menor está a menos de un metro de él, pero mirando para el otro lado. Cuando el primero se mueve, una chica se interpone entre los dos, obstruyendo las miradas. Encima los dos tienen unos lentes que indican que deben estar, como mínimo, ciegos como un topo mutilado. ¿No se huelen? ¿No se sienten? ¿No se perciben de alguna forma extraña como las hormigas, con feromonas o algo así? El menor se endereza, podría verlo al otro si no fuera porque... una vieja se paró, volvió a estorbar.
Y lo más gracioso es que ninguno de ellos sabe que yo estoy ahí, que ellos son hermanos y no se ven, soy una pitonisa, el oráculo que sabía lo que ellos se van a dar cuenta más tarde. Soy Dios Omnisciente, oculta desde mi caperuza gris y puedo verlo todo y a todos desde el último asiento del micro.
Se acaba el juego. Tengo que bajar. Todo el mundo parece querer descender en la misma parada que yo, pero me abro paso con mi espada jedi y logro ser yo la que toca la chicharra (PEEEEEE!!!). Cuando pongo el último pie en el escalón escucho atrás mío:
"¡Ey! ¿Cómo estás? ¿Cuándo subiste?"
"Ahí en plaza Italia, ¿vos? No te vi"
"No, yo tampoco te vi..."

Y ellos nunca sabrán, que yo lo supe todo el tiempo. Muajajaja muaja muajajaja.




viernes, 10 de junio de 2011

Dame Todas Tus Monedas


No voy a mentir, estábamos en un estado bastante irreal. Las intoxicaciones primarias habían pasado y ahora sólo quedaban las irremediables ganas de jugar juegos de cartas. La explicación es que las cartas estaban en la cajita de madera, en donde nadie, pero nadie se podía imaginar que había cartas. “Es claramente una caja de sahumerios” dijo Paco cuando lo reté a adivinar qué había adentro. Cuando descubrió el verdadero contenido tuve que inventar, con las pocas velocidades de las que podía hacer uso, un juego que, al parecer, mucho sentido no tenía.

-Cada uno intenta adivinar quién va a sacar la carta más alta. Hacemos apuestas iniciales, y a medida que vamos sacando cada uno una carta vamos haciendo más apuestas.

Después de jugar veinte minutos todavía no estábamos muy seguros si el que ganaba era el que sacaba la carta más alta, el que había adivinado quién la sacaba, o el que quedaba cuando los otros se habían bajado de las apuestas. Como resolver ese conflicto implicaba duelos a muerte y alguna que otra lucha en el lodo[1], nos pusimos a jugar al póker.

Jugamos durante horas y horas, o por ahí durante cinco minutos, nadie sabe. Cuando íbamos por la enésima mano, las tensiones se habían afilado, nos mirábamos paranoicos tratando de leer los gestos ajenos, o los propios, e incluso tratando de darnos cuenta si lo que había en las cartas era un trébol, un corazón o un melocotón.

Rosco empezó a sudar, las tres cartas de sus manos resbalaban y se doblaban en su contorsionado aprisionamiento. Nos miraba sin pestañar, oculto detrás de ese abanico improvisado.

Sin aviso, puso todas sus monedas en el centro de la mesa y gritó:

-¡Yo apuesto a que Paco saca la carta más alta!

-Pero Rosco, ¿vos te diste cuenta que dejamos de jugar a eso hace media hora, y ahora estamos jugando al póker?

Asustado y sin asumir la derrota, se abalanzó sobre el pozo (unos tres pesos en total en moneditas de diez, quince y veinticinco) y salió corriendo por la escalera. Nunca más volvimos a saber de él.


[1] No precisamente con mujeres hermosas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Hormiguita, hormiguita.


Desde una perspectiva casi teleológica pero con aspiraciones astronómicas, no tiene ningún sentido ser caritativo, bondadoso, no tiene sentido reflexionar sobre las posesiones materiales, intentar solucionar los problemas políticos y económicos del mundo, no tiene sentido ser buena persona, ni buscar preservar la integridad física de uno o del resto de las personas.
Vamos, muchachos, ¿cuánta vida nos queda, en tiempo geológico?
En un periquete finiquitamos.

Nada de eso tiene sentido, pero jugamos a que sí lo tiene porque se nos canta el orto. Y nadie puede impedirlo...

A menos que...

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Camión Floreado


-Es la lógica -me decía-, no importa lo que pienses, ¡es la lógica!

Claro, él no sabe que yo me dedico más que nada a las ilogías, y no tanto a la lógica, pero tampoco quiero desilusionarlo. Quizá debería hacerme una tarjeta de presentación: "Sir Henry McPotus, ilógico". No, mejor "violador de lógicas", tiene más estilo. Es verdad eso de que los taxistas tienen una filosofía un tanto cabeza, como este que decía que era "la lógica" que el hombre mantuviera a la mujer, y que por eso su hijo tenía que estudiar derecho, y no teatro. Yo quise contradecirlo, hasta que me di cuenta que mi novio iba a tener que bajar a pagarme el taxi, pequeñas casualidades de la vida.

-Y, claro que él tiene que venir a pagarte el taxi, porque el hombre tiene que mantener a la mujer.

Había una vez, me encontré con el mejor taxista de todo el universo. Tan indignado porque los camioneros ganaran más que los médicos, que sostenía que todo el mundo, si quería vivir bien, tenía que aprender a manejar camiones.

-¿Vos qué estudiás? -me dijo.
-Mmm... historia del arte.
-Bueno, ahí tenés, te vas a cagar de hambre toda la vida.
-No, claro que no, voy a poner una panchería con mis colegas.
-No, vos lo que tenés que hacer es aprender a manejar un camión. ¿Qué estudiás? Arte... entonces le pintás toas flores de colores por afuera y enseñás arte mientras manejás el camión. Imponés una nueva moda, "el camión floreado".
-Es una buena idea, de hecho... ¿la patente está pendiente o...?
-Además, hay otra cosa, ¿vos sos mujer?

¿Es una pregunta o una aclaración? Creo que hoy se nota particularmente que soy una mujer.

-Vos como mujer, vas a tener un hombre que te mantenga. Por eso a mi hijo, que quería estudiar teatro, le dije "Si querés estudiar teatro, agarrás tus cosas, te vas de la casa, te conseguís un trabajo, y estudiás teatro. Te vas a cagar de hambre, ¡acostumbrate! Es la vida que vas a tener". Ahora estudia derecho, le va bien. Así, algún día va a poder mantener a su mujer, a una chica como vos, para que ella pueda hacer arte mientas él trabaja.

¡¿Qué carajo?!
...

jueves, 5 de mayo de 2011

El Rey del Caos


El Rey del Caos

“Para él, escribir es una cuestión de poder: maneja el tiempo y el espacio a su antojo, nunca le faltan prostitutas ni drogas pesadas. Dentro de los cuentos es un dios” McPotus.

Conocemos la tendencia psicodélica que tienen los martes a la noche. Claro, como nadie sale en esta ciudad asquerosa, el universo se toma sus licencias y los colores empiezan a tomar formas extravagantes y formar figuras extrañas en el cielo. O por ahí es que se modifican nuestras retinas, o se libera alguna sustancia alucinógena que nos hace flashear lo que ya dijimos. Total, no se rompe el orden del universo, porque no hay nadie en la calle, de forma que nadie se da cuenta. No, esto no es Capital.

Nosotros dos, sin embargo, estábamos ahí en uno de los dos bares abiertos, extasiados por la charla filosófica que sin querer (porque no podría ser de otra forma) había surgido entre ella y yo. Hay algo que tiene la gente de ojos claros que me llama la atención, que es que te miran como si no supieran que los tuvieran. Te encandilan indiferentemente fingiendo que no tienen nada especial, cuando en realidad deberían tenerlos un poquitos más cerrados, por precaución y respeto, y para no levantar tanta envidia.

Ella tenía esos ojos abiertos de par en par como los pone cuando se emociona por algo, y me explicaba con ganas sobre su teoría del caos, pero tuve que dejar de escuchar porque no podía parar de pensar en la tragedia que se aproximaba.

-En definitiva, acepto el caos como estructura del universo, porque si no la vida sería demasiado monótona… me aburriría mucho la verdad.

Tuve que interrumpirla. Detrás suyo las luces del cartel del bar se elevaban y se trenzaban entre las nubes como el pensamiento más retorcido de alguna especie de roedor africano.

-¿Sabés en qué no puedo parar de pensar?

-No, ¿qué pasa?

-Vos estás muy tranquila, explicándome tu teoría del mundo caótico, con la cervecita… todo bien, todo bien digamos. Pero… pero no puedo ignorarlo. Dentro de una hora y dieciséis minutos el muy hijodeputa de tu gato va a mearme la campera.

-Ehm… sí, claro, cuando lleguemos a mi casa. Pero, si lo mirás desde cierto punto de vista, no sé porqué te preocupa tanto si no podés hacer nada para evitarlo. Deberías concentrarte en escribir la situación de esta charla, y por ahí detallar todas las cosas copadas que están pasando en el cielo con las luces de la ciudad. Más adelante vas a llegar a la historia del gato.

-Sí, Pichón, pero… ¡es un forro[1]! Va a mearme toda la campera, sin motivo ni razón, es un forro.

De repente una de las luces que daban vuelta, una particularmente ultravioleta pasaba por arriba de su cabeza y tomó forma de lamparita mientras sus ojos (sí, encima abrió todavía más los ojos, como para dejarme ciego) se abrían de par en par con la epifanía que acababa de tener.

-ES EL CAOS. Es justamente de lo que estábamos hablando. No podés hacer nada para evitarlo porque el hecho de que el gato vaya a mearte la campera es puro caos. ¿Por qué no lo aceptás? Te veo distraído, ¿qué estás haciendo?

-Ah, ¿ahora? Es que estoy en clase de Fundamentos de la Educación, escribiendo esta charla de anoche.

-En realidad esta charla no existió, si te das cuenta, estás forzando a mi personaje de la charla de anoche a responder a tus preguntas posteriores, como lo del gato que todavía no pasó. Incluso ahora estoy dudando que lo de las luces de colores en el cielo sea verdad.

-Bueno, sí, claro. Es que me gusta jugar a ser Dios, o mis últimas neuronas están haciendo una sinapsis un tanto psicodélica.

-Un poco de ambas, seguramente –dijo- pero, ¿entendés lo que te digo del caos? Por ejemplo, ahí se acerca el chico del bastón, que viene a vendernos el libro.

-Ah, entonces vos también sabés lo que va a pasar.

-No te hagas el idiota. Decía que el chico justo se acerca cuando estamos hablando sobre escribir libros, y viene a mostrarnos el suyo. Eso sería orden, pero el hecho de que haya orden dentro del caos, hace que sea más caótico, porque si el caos siempre fuera caos, sería demasiado ordenado.

-Ahí viene Javier…

El chico de los libros, Javier, se ayudaba con el bastón para caminar… tenía algún problema en la pierna izquierda. Pero también lo usaba para espantar las nubecitas fluorescentes que se acercaban a molestarlo y a burlarse de su caminata.

-Hola, chicos, les comento que yo soy el autor de esto libro, me llamo Javier…

-Sí, sí, ya sabemos –le dije-. Ahora, tengo una pregunta para vos. ¿Pensás que el hecho de que hayas aparecido justo cuando hablábamos de vos es orden, o es caos?

-Eh… yo de orden y caos no sé… mi libro trata de la vida y la muerte.

-Sin duda, lamentablemente.

-Esto me recuerda un poco a Pirandello –dijo Pichón.

-A mí un poquito a Lynch. Al final no tengo nada propio, soy plagio de plagio.

-Y bueno, si plagiás bien, no hay problema. No podés pretender ser original en el siglo veintiuno, ¿o sí? A quién le importa, después de todo.

-¿Ya me puedo ir? ¿Me van a comprar el libro, o…?

-No, la verdad que no sé porqué seguís acá, deberías estar tratando de venderle a la parejita de esa mesa.

Javier se fue a donde le dijimos, pero las lucecitas que ahora le daban vueltas alrededor lo tiraron al piso, y quedó como una tortuga intentando levantarse sin éxito. No importó mucho, porque en unos segundos se evaporó.

-Lo único que puedo concluir de todo esto es que no me importa el orden ni el caos, pero siento un profundo odio hacia el meón de tu gato.

-Sabés que todo va a salir bien.

-¿Y vos cómo sabés? Al final, ¿yo te escribo a vos, o vos a mí? Estoy confundido.

Ya no pude verla más porque las luces bajaron de repente en una niebla espesa de color indefinible, pero en el medio de todo eso podía ver sus ojos brillando y escuchar que me gritaba:

-No importa, ¡es caos!


[1] Dícese de los forros.